Todos sabemos la teoría: que hay que respetar a los demás…¿pero lo llevamos a la práctica en nuestro día a día?. 

Todos pensamos que estamos inculcando el respeto por los demás en nuestros hijos, y así al menos actuamos muchas veces cuando  les decimos que no deben hablar mal de alguien, o cuando les corregimos ante un comportamiento irrespetuoso a otro niño o un adulto. Todo esto está muy bien. Debemos fomentar que nuestros hijos sean personas educadas y respetuosas. 

¿Pero acaso creemos que nuestro hijo no nos ve cuando nosotros actuamos de cierta manera?; ¿acaso pensamos que lo que decimos o hacemos no va a influir en las creencias que ellos tengan de lo que está bien o lo que está mal?…

¿Nos hemos parado a pensar en esto acaso cuando estamos en el coche y gritamos al conductor de delante?; ¿o cuando hablamos mal o criticamos a alguien?; ¿y cuando no cedemos el turno a una persona mayor o a alguien que lo necesita?; ¿y cuando no sujetamos la puerta al que viene detrás?; ¿y cuando no saludamos cuando nos saludan?; ¿y cuando no somos amables con la cajera que nos atiende?; ¿y cuando estamos con el móvil mientras nos están hablando?; ¿y cuando tiramos un papel al suelo en la calle?…

Los padres no somos conscientes muchas de las veces de que estas conductas que realizamos (éstas y todas) van a ir forjando la personalidad de nuestros hijos, ya que todo lo que les enseñemos y todo lo que ellos perciban de nosotros van a ir construyendo su sistema de creencias de lo que es correcto y no es correcto hacer. ¿Cómo queremos que nuestro hijo no hable mal de alguien si nos escucha a nosotros hacerlo?

Así que si nuestro hijo ve que su padre grita a otros conductores cuando va en el coche, él verá como normal esta conducta y quedará asentada como correcta en el sistema de creencias y valores que tendrá más adelante.

Teniendo en cuenta que todo, absolutamente todo va a marcar e influir en nuestros hijos, no estaría de más que repasáramos nuestras conductas y no nos tomáramos tan a la ligera las cosas que decimos o hacemos. 

No demos por hecho que les enseñamos perfectamente a nuestros hijos el respeto por los demás. ¡Así que antes de hablar, pensemos muy bien lo que decimos!

 

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